Las mascotas ya no son solo animales de compañía, se han convertido en un fenómeno económico de primer orden. En 2025 había 15.171.569 animales de compañía en los hogares españoles, un 14 % más que en 2021. De ellos, 7.562.893 eran perros y 5.619.967 gatos, según el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. Detrás de estas cifras hay un mercado cada vez más sofisticado que vende alimentación, accesorios, servicios veterinarios, higiene, seguros, peluquería, educación y todo tipo de productos diseñados para propietarios dispuestos a gastar cada vez más.
La alimentación es uno de los mejores ejemplos de esta transformación. La industria española de alimentos para animales de compañía facturó 2.178 millones de euros en 2025, un 6,1 % más que el año anterior. Solo la alimentación para perros alcanzó los 1.139 millones de euros, mientras que la de gatos llegó a 1.039 millones. No estamos hablando, por tanto, de un pequeño nicho comercial, sino de una industria multimillonaria que ha encontrado en el vínculo emocional entre las personas y sus animales una enorme oportunidad de negocio.
Y aquí aparece una tendencia que merece cierta reflexión: la infantilización de las mascotas. Cada vez es más frecuente tratar al perro o al gato como si fuera un hijo, atribuyéndole necesidades, comportamientos y deseos propios de una persona. El mercado ha sabido explotar esa identificación emocional: productos gourmet, cumpleaños, ropa, camas de lujo, tratamientos estéticos o una interminable colección de accesorios. Que alguien quiera cuidar bien de su animal es perfectamente razonable; convertirlo en un sustituto de un hijo y justificar cualquier gasto en nombre de esa relación ya es otra cuestión. El animal tiene necesidades reales, pero no necesita participar en una competición de consumo humano.
El negocio es enorme precisamente porque consigue transformar el afecto en consumo. Un informe de EAE Business School calcula que la llamada economía de las mascotas mueve alrededor de 5.770 millones de euros anuales en España y genera unos 75.000 empleos. El problema no está en que exista una industria dedicada al bienestar animal, que puede prestar servicios necesarios y de gran valor, sino en la confusión entre cuidar y consumir. Tener una mascota implica alimentación adecuada, atención veterinaria, ejercicio, educación, tiempo y responsabilidad; comprarle constantemente cosas no demuestra necesariamente un mayor amor.
España tiene, por tanto, un mercado de mascotas cada vez más potente, pero también una oportunidad para poner algo de sentido común en la conversación. Un perro sigue siendo un perro y un gato sigue siendo un gato, por mucho que algunas estrategias comerciales y algunos propietarios quieran convertirlos en pequeños seres humanos con patas. Cuidarlos bien significa respetar su naturaleza y cubrir sus necesidades, no necesariamente gastar más dinero en ellos. En una sociedad donde el consumo se presenta cada vez más como una forma de expresar afecto, conviene recordar que una mascota no necesita ser tratada como un niño: necesita que su dueño se comporte como un responsable cuidador.
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